Simplemente EVITA

Simplemente EVITA

"Cada uno debe empezar a dar de sí todo lo que pueda dar, y aún más. Solo así construiremos la Argentina que deseamos, no para nosotros, sino para los que vendrán después, para nuestros hijos, para los argentinos de mañana"

"Cuando elegí ser Evita sé que elegí el camino de mi pueblo. Ahora, a cuatro años de aquella elección, me resulta fácil demostrar que efectivamente fue así. Nadie sino el pueblo me llama Evita."

"La patria no es patrimonio de ninguna fuerza. La patria es el pueblo y nada puede sobreponerse al pueblo sin que corran peligro la libertad y la justicia. Las fuerzas armadas sirven a la patria sirviendo al pueblo."

"El capitalismo foráneo, el capitalismo foráneo y sus sirvientes oligárquicos y entreguistas han podido comprobar que no hay fuerza capaz de doblegar a un pueblo que tiene conciencia de sus derechos."

"Aparento vivir en un sopor permanente para que supongan que ignoro el final... Es mi fin en este mundo y en mi patria, pero no en la memoria de los míos. Ellos siempre me tendrán presente, por la simple razón de que siempre habrá injusticias y regresarán a mi recuerdo todos los tristes desamparados de esta querida tierra."

"El mundo será de los pueblos si los pueblos decidimos enardecernos en el fuego sagrado del fanatismo."

"Como mujer siento en el alma la cálida ternura del pueblo de donde vine y a quien me debo. "

"Yo no quise ni quiero nada para mí. Mi gloria es y será siempre el escudo de perón y la bandera de mi pueblo. Y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria."

Los redondos

domingo, 21 de febrero de 2010

Las profecías autocumplidas, el escenario de catástrofe y el debate por la inflación


Las profecías autocumplidas, el escenario de catástrofe y el debate por la inflación
Por Ricardo Forster

Filosofo
Forma parte del grupo de intelectuales integrantes de Carta Abierta
http://www.cartaabierta.org.ar/


Ca­da semana, e incluso a ve­ces ca­da día, cam­bia el eje al­re­de­dor del cual se bus­ca trans­for­mar la co­ti­dia­ni­dad ar­gen­ti­na en un es­ce­na­rio de ca­tás­tro­fe. El ol­vi­do, la fu­ga­ci­dad de sus afir­ma­cio­nes tre­me­bun­das y la irres­pon­sa­bi­li­dad sue­len ser los me­ca­nis­mos que uti­li­za la cor­po­ra­ción me­diá­ti­ca pa­ra avan­zar ha­cia lo que po­dría­mos de­no­mi­nar “una pro­fe­cía au­to­cum­pli­da”, allí don­de nun­ca vuel­ve so­bre sus pa­sos pa­ra re­vi­sar sus pre­dic­cio­nes.
Anun­cia­ron a los cua­tro vien­tos que no ten­dría­mos gas en el in­vier­no y que, al su­bir las tem­pe­ra­tu­ras en el ve­ra­no, nos en­fren­ta­ría­mos a un co­lap­so ener­gé­ti­co que de­ja­ría el país a os­cu­ras; se de­di­ca­ron du­ran­te me­ses, y ha­cien­do co­ro con la gau­cho­cra­cia, a an­ti­ci­par la quie­bra fi­nal de la le­che­ría y el de­sas­tre agro­pe­cua­rio acom­pa­ña­do, to­do es­te cóc­tel, con la se­gu­ra ne­ce­si­dad de la im­por­ta­ción de car­ne pa­ra sa­tis­fa­cer la de­man­da del mer­ca­do in­ter­no; se en­tu­sias­ma­ron con la lle­ga­da de la cri­sis mun­dial co­mo pun­to de cie­rre del “po­pu­lis­mo” kirch­ne­ris­ta y co­mo gol­pe de muer­te a la re­cu­pe­ra­ción del sa­la­rio; inun­da­ron to­das las vías de co­mu­ni­ca­ción con la cues­tión de la in­se­gu­ri­dad lle­van­do al ciu­da­da­no co­mún y co­rrien­te a un te­rri­to­rio vir­tual en el que lo in­fer­nal aca­ba­ría por de­vo­rar­se vi­das y bie­nes; se preo­cu­pa­ron por des­ta­car, con ti­tu­la­res ama­ri­llis­tas, que la Ar­gen­ti­na ya era, en ma­te­ria de nar­co­trá­fi­co, co­mo Co­lom­bia o, to­da­vía peor, co­mo Mé­xi­co.
Una re­tó­ri­ca del es­pan­to y del Apo­ca­lip­sis que tie­ne co­mo prin­ci­pal ob­je­ti­vo que­brar cual­quier do­sis de es­pe­ran­za so­cial re­gre­sán­do­nos a una Ar­gen­ti­na des­qui­cia­da, sin brú­ju­la y con des­ti­no de nau­fra­gio. Su po­lí­ti­ca ha si­do y si­gue sien­do des­po­li­ti­zar a la so­cie­dad des­ple­gan­do un re­la­to con­ta­mi­na­do de pe­si­mis­mo ge­ne­ra­li­za­do y de bo­rra­mien­to de cual­quier ejem­plo que pue­da con­tra­de­cir su des­crip­ción de la rea­li­dad na­cio­nal.

Aho­ra son dos los te­mas que en­tu­sias­man a los gran­des me­dios y a cier­tos sec­to­res des­ti­tu­yen­tes de la opo­si­ción, te­mas que se en­tre­la­zan y que, a su vez, to­can de ma­ne­ra muy di­fe­ren­te a la ciu­da­da­nía. Por un la­do, el te­ma del Ban­co Cen­tral y del fa­mo­so Fon­do del Bi­cen­te­na­rio que se ha con­ver­ti­do en el ám­bi­to es­pec­ta­cu­la­ri­za­do de una nue­va ba­ta­lla con­tra to­da de­ci­sión to­ma­da por el Go­bier­no. Se tra­ta de im­pe­dir el uso de las re­ser­vas con las ex­cu­sas más hi­pó­cri­tas de las que son ca­pa­ces de echar ma­no.

Ellos, los de­fen­so­res del pa­go a ra­ja­ta­blas de la deu­da ex­ter­na, los inú­ti­les que en­deu­da­ron el país y que lue­go cri­ti­ca­ron la fe­no­me­nal qui­ta que lo­gró el go­bier­no de Kirch­ner des­pe­gán­do­nos de las de­man­das im­po­si­bles del FMI, hoy se des­ga­rran las ves­ti­du­ras an­te una de­ci­sión ra­cio­nal y ne­ce­sa­ria que apun­ta a ga­ran­ti­zar el tra­ba­jo, el sa­la­rio y el cre­ci­mien­to de la eco­no­mía en me­dio de un es­ce­na­rio mun­dial com­ple­jo y re­gre­si­vo (allí es­tá Eu­ro­pa pa­ra mos­trar­nos lo que sig­ni­fi­ca acep­tar las po­lí­ti­cas de ajus­te sos­te­ni­das, co­mo siem­pre, por los or­ga­nis­mos de cré­di­to in­ter­na­cio­na­les que nun­ca aban­do­na­ron, ni en lo peor de la cri­sis del 2008-2009, su ideo­lo­gía neo­li­be­ral).

Lo que defienden es, co­mo siempre, los intereses de la especulación financiera, el en­deu­da­mien­to del país a ta­sas rui­no­sas y los pin­gües ne­go­cios de nues­tros ban­que­ros e “in­ver­so­res”, de esos que siem­pre se que­jan por la fal­ta de se­gu­ri­dad ju­rí­di­ca que exis­te en nues­tro país, esa su­pues­ta “se­gu­ri­dad” que no ha­ce mu­cho tiem­po (en los 90) les per­mi­tió va­ciar las ar­cas del Ban­co Cen­tral y des­gua­zar al Es­ta­do ha­cien­do añi­cos los aho­rros de gran par­te de los ar­gen­ti­nos.

Si­guien­do los mis­mos pa­sos y las mis­mas mo­da­li­da­des que la cor­po­ra­ción me­diá­ti­ca, tam­po­co nues­tros ga­rúes de la eco­no­mía ni nues­tros vir­tuo­sos ban­que­ros asu­men su ex­traor­di­na­ria cuo­ta de res­pon­sa­bi­li­dad en la ca­tás­tro­fe eco­nó­mi­co-so­cial que de­sem­bo­có en di­ciem­bre del 2001 con los re­sul­ta­dos que to­dos co­no­ce­mos pe­ro que mu­chos ol­vi­dan o se ha­cen los dis­traí­dos.

El nom­bra­mien­to de Mer­ce­des Mar­có del Pont al fren­te del Cen­tral les en­cien­de to­das sus alar­mas ideo­ló­gi­cas. Una de­li­ca­da pie­za de la ma­qui­na­ria neo­li­be­ral ha caí­do en las ma­nos ina­de­cua­das, esas que ha­blan de am­pliar el cré­di­to y de ejer­cer un con­trol efec­ti­vo so­bre las con­duc­tas de nues­tros ban­que­ros; ade­más de jus­ti­fi­car la ne­ce­si­dad de am­pliar las mi­ras del Ban­co Cen­tral y de afir­mar la fa­la­cia ar­gu­men­tal de los que de­fien­den “la in­tan­gi­bi­li­dad de las re­ser­vas” co­mo bas­tión su­pues­to de la so­be­ra­nía na­cio­nal (cuan­do no es otra co­sa, esa in­tan­gi­bi­li­dad, que la ga­ran­tía de sus pro­pios ne­go­cios es­pe­cu­la­ti­vos).

El otro te­ma, mu­cho más pró­xi­mo a la sen­si­bi­li­dad de la so­cie­dad, es el de la in­fla­ción. Un país que su­po atra­ve­sar la pa­vo­ro­sa an­gus­tia de la hi­pe­rin­fla­ción tie­ne den­tro su­yo una aler­ta pe­li­gro­sa y ex­plo­si­va, de esas que, as­tu­ta­men­te ati­za­das por los po­de­res eco­nó­mi­co-me­diá­ti­cos, pue­den ge­ne­rar nue­vas for­mas de te­mor so­cial.
Al­re­de­dor de la in­fla­ción se des­plie­gan los ar­gu­men­tos de siem­pre, esos que le echan la cul­pa al au­men­to de los sa­la­rios, a los pla­nes de re­pa­ra­ción so­cial y al con­si­guien­te dé­fi­cit fis­cal afir­man­do, suel­tos de cuer­po, la ne­ce­si­dad de en­friar la eco­no­mía pa­ra ba­jar los ín­di­ces in­fla­cio­na­rios.

Nun­ca ex­pli­can las cau­sas del au­men­to de los pre­cios, siem­pre de­jan que se na­tu­ra­li­cen o que se tras­la­den, co­mo res­pon­sa­ble di­rec­to, al Go­bier­no.

Nun­ca ha­blan de oli­go­po­lios y de mo­no­po­lios, ni de for­ma­do­res de pre­cios, ni de chan­ta­jes que bus­can re­du­cir la par­ti­ci­pa­ción de los asa­la­ria­dos en una me­jor dis­tri­bu­ción de la ren­ta.
Pe­ro fun­da­men­tal­men­te sa­ben que la pa­la­bra “in­fla­ción” lle­va den­tro su­yo una po­de­ro­sa ca­pa­ci­dad de ho­ra­da­ción, que pro­nun­cián­do­la una y mil ve­ces, re­pi­tién­do­la en ca­de­na na­cio­nal sin nin­gu­na ex­pli­ca­ción, van am­pli­fi­can­do un cli­ma de de­sa­so­sie­go que in­va­de a una po­bla­ción des­con­cer­ta­da que lo úni­co que sa­be es que los pre­cios au­men­tan ex­po­nen­cial­men­te.

En me­dio de la es­pi­ral hi­pe­rin­fla­cio­na­ria del 1989 los po­de­res eco­nó­mi­cos se de­di­ca­ban a con­cen­trar la ri­que­za y a pre­pa­rar­se pa­ra la “fies­ta de los ’90”, esa que se sos­tu­vo so­bre la ya fa­mo­sa fra­se de Ca­va­llo: “Cuan­to peor, me­jor”.

El Go­bier­no ha con­tri­bui­do con su par­te allí don­de fue de­sau­to­ri­zan­do la fia­bi­li­dad del IN­DEC otor­gán­do­les a sus con­trin­can­tes la for­mi­da­ble ar­ma del des­cré­di­to de to­da afir­ma­ción ofi­cial. No al­can­za con ofre­cer las ci­fras de la re­cu­pe­ra­ción sa­la­rial, tam­po­co mos­trar los nú­me­ros de la eco­no­mía ni de las re­ser­vas acu­mu­la­das en el Ban­co Cen­tral; tam­po­co des­ta­car la im­por­tan­cia ex­traor­di­na­ria que ha te­ni­do la asig­na­ción uni­ver­sal pa­ra los ni­ños a la ho­ra de dis­mi­nuir la po­bre­za y de in­yec­tar di­ne­ro al con­su­mo di­rec­to apa­ci­guan­do los efec­tos de la cri­sis mun­dial so­bre el mer­ca­do de tra­ba­jo y so­bre el sa­la­rio (in­sis­to en con­tem­plar la po­si­ble so­lu­ción que se im­ple­men­ta­rá en Gre­cia o en Es­pa­ña pa­ra “equi­li­brar sus eco­no­mías”: ajus­te fis­cal, dis­mi­nu­ción de los sa­la­rios, re­cor­te de los gas­tos so­cia­les, au­men­to de la edad ju­bi­la­to­ria, et­cé­te­ra, es­pe­jo en el que les gus­ta­ría mi­rar­se a las cor­po­ra­cio­nes eco­nó­mi­cas ar­gen­ti­nas y a mu­chos de los opo­si­to­res po­lí­ti­cos).

To­do pue­de ser pues­to en cues­tión y de­nun­cia­do co­mo im­pos­tu­ra. Eso ha­cen y se­gui­rán ha­cien­do; ése es su mo­do de ho­ra­dar y de de­bi­li­tar.Fren­te a eso el Go­bier­no ten­drá que sa­lir, co­mo ya lo ha he­cho, a de­fen­der su orien­ta­ción que su­po­ne de­fen­der el sa­la­rio y el con­su­mo de los tra­ba­ja­do­res; pa­ra eso ten­drá que re­cu­pe­rar me­ca­nis­mos ade­cua­dos de con­trol y de re­gu­la­ción de pre­cios que pue­dan im­pe­dir que la es­pe­cu­la­ción si­ga rin­dien­do sus fru­tos. Pa­ra eso ten­drá que aban­do­nar po­lí­ti­cas que ya no son efi­cien­tes apun­tan­do ha­cia otras al­ter­na­ti­vas en di­rec­ta con­so­nan­cia con el pa­pel que de­be­rá ju­gar el Ban­co Cen­tral. Y allí se ins­cri­be, co­mo es ob­vio, la cues­tión del Fon­do del Bi­cen­te­na­rio, la dis­pu­ta par­la­men­ta­ria por el DNU y la pu­ja in­cle­men­te por la ren­ta y su dis­tri­bu­ción.
Ricardo Forster

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