Informe especial

18-04-2010 / El país cumple 60 años de desarrollo pionero, autónomo y pacífico de la energía nuclear. Tras el intento de destrucción sistemática en los ’90, el sector se recuperó, innova, exporta y avanza con nuevas fuerzas
Por Ignacio Jawtuschenko
Periodista
La posición de la Argentina en la cumbre Nuclear Mundial celebrada en Washington consistió en acompañar las medidas de seguridad que prevengan posibles ataques terroristas a las instalaciones nucleares, pero que estas medidas preventivas no sean pretexto para impedir el avance y la autonomía del desarrollo nuclear pacífico. Es que la Argentina tiene una larga historia en este campo.
El origen de la actividad nuclear en la Argentina en la década del ’50 no podía haber despertado más fantasías. En una isla paradisíaca, la Huemul, en el lago Nahuel Huapi, el austríaco Ronald Richter experimentó como un alquimista solitario con sus máquinas e instrumentos la secreta posibilidad de la fusión nuclear. Algo que aún hoy, seis décadas después, es un objetivo no alcanzado.
Luego de aquella aventura, la nuclear se volvió una empresa colectiva organizada, con instituciones, grupos de investigación, industriales. Hoy como ayer la actividad nuclear es factor de independencia económica.
La Argentina domina esta tecnología desde sus albores. Desde el RA1 inaugurado en 1958, todos los reactores de investigación argentinos fueron proyectados y construidos en el país. Los reactores de investigación son instrumentos complejos usados para formar ingenieros, físicos y químicos nucleares, testear materiales, fabricar radioisótopos, sustancias químicas radioactivas de uso médico e industrial.
En los ’80, días antes de que asumiera Raúl Alfonsín, la Cnea anunció al mundo que el país disponía de tecnología para enriquecer uranio. Fue el primer país emergente que logró dominar la totalidad de ese ciclo de combustible.
Es que cuando nuestro país emprendió el camino nuclear no lo hizo comprando paquetes tecnológicos llave en mano, sino con la decisión política de desarrollar su infraestructura con la máxima autonomía posible. Se trata de desarrollos que van desde la minería de uranio –prospección, explotación, extracción–, la producción –concentración y purificación– de dióxido de uranio, la fabricación de vainas de zircaloy, la producción de agua pesada para los reactores, la operación de las centrales y la gestión de los residuos radiactivos.
Con una historia a hombros de gigantes como José Balseiro, Jorge Sábato y Franco Varotto, esta actividad científico-tecnológica es una política de Estado que mira el porvenir: en noviembre pasado se aprobó prácticamente por unanimidad la primera Ley Nuclear de la democracia que apunta a permitir la construcción de la cuarta central Atucha III de 1.500 megavatios de potencia, la extensión de vida por otros 30 años de la eficiente Central Nuclear de Embalse y el desarrollo del prototipo del primer reactor de diseño argentino, el Carem.
Poder nuclear. Diez gramos de uranio produce tanta energía como una tonelada de carbón. En términos simples, toda central nuclear funciona como una cacerola. La fisión nuclear genera un inmenso calor que calienta el agua y produce vapor para rotar una turbina, su rotación impulsa un generador que convierte el movimiento mecánico de rotación en electricidad, como el dínamo de una bicicleta. Esa electricidad es transmitida a los usuarios. Detrás de esos artefactos está la teoría física atómica y la fórmula científica que es un ícono de la cultura universal: E=MC2.
La producción nuclear de energía eléctrica se desarrolla dentro del cuadrilátero de política energética, cooperación internacional, aceptación pública y medio ambiente. Algunas ventajas que siempre se destacan de la energía atómica: competitiva frente a las fluctuaciones de los hidrocarburos –petróleo y gas–, constante porque trabaja las 24 horas, todos los días del año –a diferencia de la hidráulica y la solar–, limpia, porque evita la emisión de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmósfera.
Aquí, allí y en todas partes el aumento del precio del petróleo, el incremento de la demanda de electricidad y la dependencia energética a los países productores de combustibles fósiles ha propiciado la vuelta a lo nuclear. Energívoro, en los últimos 15 años el mundo consumió más energía que en toda la historia.
Un ejemplo, Italia, considerada el emblema de los países antinucleares, ya no posterga su retorno a esta energía. Es que se volvió una isla que compra electricidad a los vecinos nucleares, por ejemplo, Francia. El país de los perfumes y la alta costura es también el más nuclear del mundo, allí 8 de cada 10 lámparas de luz son alimentadas por nucleoelectricidad.
Según datos del Organismo Internacional de Energía Atómica (Oiea), el 15 por ciento de la electricidad que consume el mundo es nuclear, la producen 440 reactores. La energía nuclear es sinónimo de desarrollo. Mientras en la Unión Europea el 35 por ciento de la energía que se produce es nuclear, en América latina el panorama es el opuesto, sólo el 2,5 por ciento es nuclear. Sólo Argentina, Brasil y México tienen nucleoelectricidad.
La Argentina cuenta hoy con dos centrales nucleares que suministran un 7 por ciento de electricidad. Atucha I, de origen alemán, en 1974 fue la primera central latinoamericana, puesta en marcha en tiempo récord. La Central de Embalse, en Córdoba, construida en 1984, de tipo Candu, batió récords de eficiencia con un factor de disponibilidad del 87% por ciento. Produce allí el cobalto 60, un radioisótopo que se usa para irradiar y preservar alimentos, esterilizar insumos quirúrgicos y tratar enfermedades tumorales. La Argentina, a través de Dioxitek, es el tercer productor y exportador mundial de fuentes de cobalto 60.
Atucha II será la máquina térmica más grande del país. Durante los ’90 fue un monumento al abandono. Olvidada en el medio de un baldío de pastizales altos, frente al Paraná, ese caudaloso río que –como la tecnología–, no detiene su marcha.
Trunca, la central era un mecano disperso. Sus componentes –85 mil piezas, de unas 40 mil toneladas– se almacenaron en carpas especialmente acondicionadas para evitar la corrosión, para hibernar, resistir. Eran tiempos en que las carpas fueron sinónimo de resistencia política. La carpa blanca docente frente al Congreso, es la más emblemática de todas.
Hoy Atucha II es un hormiguero con cientos de cascos verdes, azules, blancos, amarillos, que se mueven de un lado a otro. A cargo de la empresa estatal Nucleoeléctrica Argentina (N.A.S.A.) trabajan 5.200 personas. Es una mezcla de veteranos recuperados con jóvenes que recuperaron el sentido de futuro.
Cargada de simbolismos, Atucha II es tanto un emblema de reconstrucción, como un ejemplo de lo que no hay que hacer: ninguna obra puede tardar 30 años en terminarse.
Estrategia de dos patas. La Argentina nuclear se sostiene sobre dos patas. Una se hunde hasta la rodilla en el sistema científico tecnológico con la formación de recursos humanos de alto nivel y los proyectos de investigación y desarrollo. La otra se apoya en sectores industriales, con la producción de radioisótopos para la salud pública, la fabricación de combustible nuclear y la provisión de nucleoelectricidad. Casi el 80 por ciento de los fondos asignados al sector nuclear fueron destinados a proyectos referidos a la generación nucleoeléctrica.
Nuestro país ha liderado por décadas el espacio nuclear regional, formando a científicos de países vecinos en investigación y protección radiológica. Pero así como los científicos nucleares argentinos son reconocidos en todo el mundo, la mayor parte de la sociedad desconoce la existencia de este tesoro atómico, que, cuando se conoce, es irremediablemente motivo de orgullo. Sucede que en el sector nuclear son más que discretos a la hora de dar a conocer su trabajo. A diferencia de otros, hacen mucho y hablan poco. Tal vez sean inercias de décadas pasadas, en las que el sector tuvo que resistir en silencio.
Nunca es suficiente la cantidad de especialistas en el campo nuclear. No obstante, el andamiaje necesario para la formación de recursos humanos es uno de los méritos de la Cnea. Mediante acuerdos con universidades, la Cnea creó institutos universitarios, radicados en sus centros atómicos. En 1955 se creó en acuerdo con la Universidad Nacional de Cuyo el Instituto Balseiro en Bariloche, un centro de excelencia donde se forman ingenieros y físicos nucleares de toda América latina. Desde 1993 en acuerdo con la Universidad Nacional de San Martín, el Instituto Tecnológico Jorge Sábato diseñó carreras en ciencias de materiales. Y desde el 2004 el Instituto Dan Beninson ofrece maestrías en reactores nucleares y radioquímica. En Mendoza funciona la Escuela de Medicina Nuclear y Radiodiagnóstico.
Algo más que soja. La Argentina ha demostrado que además de su carne o sus jugadores de fútbol es un proveedor nuclear confiable. La primera exportación de tecnología nuclear fue una serie de elementos combustibles que compró Alemania en 1958. En los ’80 la construcción de un centro nuclear en Perú –el Cnip– fue el más importante proyecto de cooperación nuclear sur-sur. También Argelia optó –entre ofertas de las principales firmas del mercado mundial– por comprarle a la barilochense Invap su primer reactor experimental –el NUR–, con el objetivo de desalinizar agua de mar y favorecer la agricultura en el desierto.
Desde 2002 la Cnea produce en su Centro Atómico Ezeiza molibdeno 99, un elemento radiactivo esencial en medicina nuclear, para el diagnóstico por imágenes y que se exporta a Brasil y países de la región.
En 2005 la exportación más grande de la historia de la Argentina fue el reactor que también Invap vendió a Australia, el Opal, construido para la Ansto, (Agencia de Ciencia y Tecnología Nuclear de Australia). Alta tecnología al precio más conveniente, sería un lema posible.
FuenteLos efectos de una política de Estado
17-04-2010 / El subsecretario de Obras Públicas de la Nación dijo que la Argentina “es uno de los pocos países emergentes que lograron posicionarse en el escenario internacional del uso pacífico y productivo de la tecnología nuclear y desarrollar el ciclo completo del combustible”.
Por Ignacio Jawtuschenko
Abel Fatala es subsecretario de Obras Públicas de la Nación. En diálogo con Miradas al Sur dijo que la Argentina “es uno de los pocos países emergentes que lograron posicionarse en el escenario internacional del uso pacífico y productivo de la tecnología nuclear y desarrollar el ciclo completo del combustible”. Según él, esto representa un doble mérito ya que “se logró atravesando en los ’90 tiempos de conflictividad y vaciamiento institucional”. Fatala es ingeniero industrial y trabajó años atrás en la Comisión Nacional de Energía Atómica (Cnea) en la gerencia de Protección Radiológica y Seguridad Nuclear. Su experiencia y conocimiento le vale un fuerte compromiso con la actividad.
–Últimamente se habla de la actividad nuclear como política de Estado. ¿Qué hay de cierto en eso?
–Las políticas de Estado como la nuclear parten de diagnósticos de necesidades de la sociedad. Políticas públicas como éstas hacen a la recuperación definitiva del Estado como herramienta de pertenencia colectiva. Esto es trascendente porque marca el final definitivo de lo que significaron la dictadura militar y los primeros gobiernos democráticos, algunos sin rumbo, otros en la entrega, como proyecto de desmantelamiento del Estado para favorecer intereses del aparato financiero internacional. Se acabó lo que se daba. El Estado está en pie, las políticas públicas avanzan hacia una transformación histórica, y el país se reconstruye con una mirada continental de región.
–¿Cómo ve usted el desarrollo de la opción nuclear?
–La Argentina necesita de la producción nucleoeléctrica. Por un lado se están haciendo todas las inversiones para terminar Atucha II que será una central segura, que sintetiza lo mejor de la centrales de Embalse y Atucha I, las tecnologías Candu y KWU, respectivamente. Por eso creemos que más adelante, luego de terminar la obra de Atucha II es necesario pensar en una cuarta y una quinta central nuclear. Son proyectos que fortalecen a diversos sectores productivos nacionales. Hay pocos lugares en el mundo con nuestra experiencia nuclear. Además, con una inversión estimada de 250 millones de dólares, estamos desarrollando el prototipo de una máquina muy noble, automantenida, el reactor Carem, que por sus características será muy atractivo. Una alternativa para ser instalada en regiones alejadas donde se utilizan sistemas de generación de energía en base a fuentes eólicas y solar, que tienen el problema de ser intermitentes y no constantes como la nuclear.
–¿Qué rasgo destaca del sector nuclear?
–La nuclear es una industria industrializante que genera la producción de maquinarias sofisticadas y herramientas no convencionales, que implican el trabajo de equipos altamente especializados. Los materiales son especiales, las herramientas, e incluso los talleres tienen las características de verdaderos laboratorios.
–No hace mucho la Cnea y las centrales nucleares eran partes del Estado del cual había que deshacerse, porque la investigación y desarrollo eran sinónimos de despilfarro y gasto.
–Sí, claro, en los ’90 se paralizó el avance de la actividad nuclear. Recuerdo que se me caían las lágrimas cuando el por entonces ministro Cavallo hizo todo lo posible, por ejemplo, para privatizar y transformar Atucha II en una usina a gas. Esto era aberrante como definición de lo que tiene que ser un país. Demostraba no sólo que Cavallo desconocía hacia dónde se encaminaba el mundo entero en materia energética, sino también desconocía la historia del desarrollo nuclear en el país. Ese proyecto no se concretó, en parte gracias a la resistencia de los trabajadores del área nuclear.
–Por cierto, Cavallo mandó a los científicos a lavar los platos, con lo cual quedó claro qué lugar le daba aquella dirigencia al desarrollo tecnológico, la investigación científica. ¿Qué lugar se le da hoy a los científicos, tecnólogos e ingenieros nucleares?
–Vea, hoy en la Argentina contamos con dos centrales nucleares excelentes, que superaron su vida útil estimada, gracias al trabajo y el compromiso de los técnicos y trabajadores argentinos, a pesar de todos aquellos ataques. Y no es casual que sea un gobierno nacional y popular el que volvió a poner de pie la actividad nuclear. Sin la decisión política y la visión a largo plazo de Néstor Kirchner y Julio De Vido, el esfuerzo en inversiones que se viene sosteniendo, no sería posible. Cuando Perón en la década del ’50 apostó al desarrollo de esta tecnología de avanzada, a pesar de las críticas que recibió en aquel momento, no estaba haciendo otra cosa que pensar en el futuro.
–¿Cuánto hay de planeamiento estratégico en las obras de infraestructura que forman parte del plan nuclear?
–La política nuclear es una política de Estado que tiene como base de sustentación proyectar el país en la región y el mundo. Cuando hablo de la región, significa que nuestras políticas se planifican y realizan en consonancia con el desarrollo del marco continental del Unasur de acuerdo con las políticas conjuntas que se adoptan con los países miembros. Aquí no se hace nada a la bartola. La mirada del gobierno respecto del tema energético, no es tratar de salir a tapar agujeros. El desafío es convertirnos en un país con un desarrollo científico tecnológico que sustente jugar en el mercado internacional generando divisas para el desarrollo nacional. Hay que observar que tenemos un sistema eléctrico complejo en un territorio extenso, que presenta distancias entre las regiones donde están las centrales hidroeléctricas como las del Comahue y el Noreste, y las zonas de mayor demanda eléctrica del país, Rosario, Buenos Aires y la región Metropolitana. Es decir, que hay un desafío que exige soluciones múltiples, la energía nuclear es una de ellas y en su gestión, hay una política de proyección externa, que da sentido a lo planeado por el Gobierno.
–¿Y concretamente cómo materializan esa visión?
–Desde el Ministerio de Planificación Federal hemos establecido una fuerte vinculación con las universidades nacionales para asociarlas a los proyectos de infraestructura en energía, comunicación, transporte para que sean la apoyatura regional de cada uno de estos emprendimientos. En la actualidad, el carácter multidisciplinario de los diferentes renglones de la investigación, exige una actividad articulada que integre a los organismos científicos y las universidades. Hay que pensar que el aporte intelectual, la formación de nuevos cuadros en diferentes materias, son fundamentales para la planificación que desarrolla la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
–¿La Argentina es un país nuclear?
–Por supuesto, la Argentina es un país nuclear que cuenta con centrales nucleares que están entre las más seguras del mundo, un área de investigación y desarrollo científico de punta, una Autoridad Regulatoria Nacional (ARN) que es una institución con reconocimiento internacional, que ha sido debidamente separada de la Cnea para garantizar que toda la actividad nuclear sea regulada y por ende, segura.
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